
Abraham no estuvo solo en su vida como el gran patriarca del pueblo judío. A su lado, su fiel mujer Sara vivió la mayor parte de su vida junto a él. El dato más importante en la condición de Sara quizás haya sido que su infertilidad no le permitía tener hijos. Ante este impedimento, propuso a Abraham que tenga un hijo con una esclava, para poder formar una familia.
En su perenigraje mesopotámico, Abraham y Sara se encuentran en Egipto. Los egipcios se quedaron impresionados con la belleza de Sara, por lo que Abraham tiene que declarar que Sara es su hermana, y no su esposa, para que le permitan vivir con él. Sin embargo el faraón exige tener a esta bella dama a su lado, y allí se produce el momento en el que se le informa mediante, según dicen, los oráculos de que Sara es esposa de Abraham. Los dos son desterrados de Egipto.
Luego de tener un hijo con la esclava, al que llamaron Ismael, se produce el momento en que se le es anunciado a Sara que Dios le concederá un hijo: Sara echa a reír, argumentando que a su edad era imposible.
“…rió para sus adentros y dijo: Ahora que estoy pasada, ¿sentiré el placer, y además con mi marido viejo?” (Génesis 18:12)
Sara en fin tiene a su hijo Isaac, aproximadamente según reflejan algunos estudios, a la edad de 90 años.
Sara es el personaje que refleja la risa en la Biblia, de hecho sus palabras al nacer Isaac consignan un mensaje de felicidad al mundo: “Dios me ha dado de que reír, todo el que lo oiga se reirá conmigo”. De allí surge entonces para las generaciones siguiente, incluso hasta la actualidad, la iconografía de de la felicidad y es concebida por algunos escritores como la primera expresión de la risa en los antiguos evangelios.